valarezo Guest
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Posted: Sun Aug 17, 2008 11:30 am Post subject: (IVÁN): CON JESUCRISTO VIVIMOS FELICES CON NUESTRO DIOS |
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Sábado, 16 de agosto, año 2008 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica
(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)
CON JESUCRISTO VIVIMOS FELICES CON NUESTRO DIOS:
La verdad es que muchos profetas, visionarios, fieles y justos de la
antigüedad desearon ver lo que ven y no lo vieron, y oír lo que oyen y
no lo oyeron, porque la vida de nuestro Señor Jesucristo no había
descendido del paraíso a Israel aún, para vivir la vida santísima de
la ley divina. Por lo tanto, a ningún hombre o mujer jamás le paso por
la mente ni por su corazón todo lo que nuestro Padre celestial podía
hacer por el hombre de la humanidad entera, con tan sólo creer en su
corazón e invocar con sus labios su nombre misterioso y sumamente
glorioso de su Árbol de la vida. Y este nombre misterioso y
todopoderoso de nuestro Padre celestial, en el paraíso y en la tierra,
hoy en día, es, sin duda alguna, como en la antigüedad, el nombre de
su unigénito, nuestro único gran Rey Mesías de todos los tiempos,
¡nuestro Salvador Jesucristo!
Por lo que, todo este evangelio antiguo fue escrito por el mismo dedo
de nuestro Padre celestial, como Los Diez Mandamientos, por ejemplo,
desde mucho antes de la fundación del cielo y de la tierra, para que
sea visto y oído por ustedes mismos hoy en día en todos los lugares de
la tierra, mis estimados hermanos y hermanas. Éste es el evangelio de
la verdad única y de la justicia infinita de nuestro Padre celestial y
de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, el cual se manifestó
cabalmente en la vida de Abraham y de Isaac su hijo, para que no sólo
Israel la conociese en su día, sino también cada hombre, mujer, niño y
niña de la humanidad entera.
Además, ésta verdad única y gloriosa entre nuestro Padre celestial y
de su Jesucristo, en verdad, está llena de verdad, justicia para la
salvación y para la sanidad infinita de cualquier vida humana abatida
por las mentiras terribles y crueles de Satanás y de sus ángeles
caídos en todos los lugares de la tierra, como a Adán en el paraíso.
En otras palabras, esta verdad y su justicia infinita no es sólo para
vivir día a día en el paraíso o en el reino de los cielos por los
ángeles, sino también en todos los lugares de la tierra y por cada
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, sin duda alguna.
Comprobado que, sólo éste camino es el que sana y bendice tu alma
viviente para que ningún mal de Satanás ni de sus gentes de la mentira
cruel, mortal y eterna jamás te tenga que hacer ningún mal en la
tierra ni menos en la nueva era venidera del nuevo reino de los
cielos. En éste evangelio del Espíritu de la sangre expiatoria de
nuestro Señor Jesucristo se ve, se oye, se siente y se vive con todas
las bendiciones eternas de todo lo que nuestro Padre celestial vive y
disfruta con sus ángeles en el cielo. De hecho, éste es el camino, por
donde nuestro Padre celestial y así también su Espíritu Santo con cada
uno de sus ángeles transita de un lugar a otro en el cielo y en la
tierra también; es decir, que éste camino está lleno de milagros,
maravillas y prodigios grandiosos de nuestro Padre celestial, para
bien eterno de sus siervos fieles. (Entonces, no tardes más, recibe la
bendición del perdón y sus misteriosas sanidades y libertades de tu
corazón y de tu alma infinita, con tan sólo creer, ver, sentir y vivir
con el Señor Jesucristo todos los días de tu vida en la tierra y en el
paraíso también, desde hoy mismo y para siempre.)
Por ello, sólo éste camino antiguo es el cual conduce cada día, desde
los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros días, el alma
viviente del hombre y de la mujer de toda la tierra, como tú y yo, hoy
en día, por ejemplo, para alcanzar una bendición de vida y de salud
eterna sin igual alguno, para siempre. Además, ésta es una vida tan
santa y gloriosa jamás alcanzada ni tan siquiera por los ángeles del
cielo, por más poderosos, santos y gloriosos que sean ellos delante de
nuestro Padre celestial y de su Árbol de la vida eterna; ciertamente
que hoy mismo somos sumamente bendecidos por nuestro Padre celestial y
por su Hijo amado, si sólo creemos.
Es decir, cada uno de nosotros camina con el Señor Jesucristo día a
día, para creer siempre en nuestro Padre celestial y en las
bendiciones sin fin de su Espíritu Santo sobre cada una de nuestras
vidas, pues creer en nuestro Padre celestial, por medio de su
Jesucristo, es vivir ya en la vida de las bendiciones eternas del
cielo. Creer en nuestro Señor Jesucristo, como el salvador de nuestras
vidas no sólo es creer ya en nuestro Padre celestial, sino que ya
tenemos derecho de ser llamados por los ángeles del cielo: hijos e
hijas de nuestro Padre celestial; y si somos hijos de Dios, entonces
tenemos derecho a cada una de las bendiciones de la vida eterna.
Creer en el Señor Jesucristo es dejar de ser, ciego, sordo y mudo para
vivir ya en el mismo Espíritu de la vida santa, gloriosa, verdadera y
justa de nuestro Padre celestial, de su Espíritu Santo y de sus
ángeles para ver y oír las cosas maravillosas de Dios y de su
unigénito a toda hora del día y por siempre. Creer sólo en él, como el
único Dios creador, por medio de su Jesucristo, es todo lo que nuestro
Padre celestial requiere de cada uno de nosotros, para ser perdonados
y bendecidos grandemente en nuestras vidas de cada día en todos los
lugares del mundo entero, así mismo como bendijo a Abraham y a sus
descendientes para futuras generaciones.
Para nuestro Padre celestial, ésta fe, es la que ve y la que oye de
todo lo bueno del cielo y de su Árbol de la vida, por lo tanto, es la
cual salva y bendice grandemente el alma viviente de cada hombre,
mujer, niño y niña hoy en día, y para miles de generaciones venideras,
en la nueva eternidad celestial. Hay bendiciones sin fin, desde el
cielo y para toda la tierra también, sólo para los que creen e invocan
con sus labios a su Padre celestial, en el nombre salvador de nuestro
Señor Jesucristo, cumpliendo así infinitamente todo derecho a la
verdad y a la justicia de la nueva vida santa del cielo.
Pues esto es la alegría del corazón santísimo de nuestro Padre
celestial y de su Espíritu Santo, de que el nombre muy santo de su
Hijo sea conocido por nuestros corazones y honrado grandemente por
nuestros labios, para que la mentira ya no viva sino que muera y así
la verdad de su Ley, llene la tierra, como en el paraíso. Dado que, en
el reino de Dios, sólo la verdad infinita de nuestro Padre celestial y
de su Hijo en el corazón de sus ángeles reina sublime cada día y cada
noche y sin cesar para miles de generaciones venideras; y donde reina
la verdad, escrito está, entonces el Espíritu de amor de nuestro
Hacedor abunda grandemente en cada vida humana.
Además, es, precisamente, éste espíritu de amor, el cual llena de
alegría el corazón de nuestro Padre celestial y así mismo de su
Espíritu Santo, de sus ángeles y de cada hombre, mujer, niño y niña de
la humanidad entera; por eso, debemos cada día reconocer a nuestro
Señor Jesucristo delante de nuestro Padre celestial, para que nos vaya
bien siempre. Por cuanto, sólo la vida de nuestro Gran Rey Mesías es
la misma vida perfecta del Espíritu de Los Diez Mandamientos
infinitamente honrados, exaltados, glorificados en nuestros corazones
y en cada día de nuestras vidas, así como lo es eternamente honrado en
el corazón de Dios y de su Espíritu Santo y con todas sus huestes
angelicales. Y así ninguno de nosotros tenga que sufrir, ni menos
morir enfermo de ningún mal jamás, porque hay abundancia de grandes y
sublimes poderes para los que están con su Padre celestial y sólo por
medio de su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo!
Por lo tanto, ninguno de ellos es ciego jamás, sino que camina cada
día en la luz de la vida santa de su Padre celestial y de su Árbol de
la vida eterna, su Hijo amado; y lo mismo que nuestro Dios le dijo a
Adán y a Eva, pues te lo dice a ti también, hoy en día. Y esto es de
que, sin más tardar, ya sea en el paraíso o en toda la tierra: ¡Comas
ya del fruto del árbol de la vida eterna, para que vivas fuerte y
alegre y jamás sufras más el peligro de Satanás y de su ángel de la
muerte del más allá, el infierno!
Al presente, eso es todo lo que nuestro Padre celestial pide de cada
uno de nosotros, en nuestros millares, desde los primeros días de vida
de Adán en el paraíso y hasta nuestros días, por ejemplo, contigo para
que veas las puertas y las ventanas secretas del cielo y de la tierra
abrirse y así sobreabundemos en profundas bendiciones todos nosotros.
En la media en que, las bendiciones de nuestro Padre celestial y de su
Hijo amado en su Espíritu Santo son para todos y en todos los lugares
de la tierra, sin hacer excepción de persona alguna; porque cuando
Jesucristo murió entonces también resucito al Tercer Día para cada uno
de todos nosotros, en todas las familias de las naciones.
Por cierto, está es la vida muy santa y antigua la cual nuestro Padre
celestial nos quiso siempre dar a cada uno de nosotros, en nuestros
millares, de todas las familias, razas, pueblos, naciones y reinos de
la tierra, comenzando con Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo. Y,
hoy en día, está contigo y en ti también para que la vivas paso a paso
y hasta llegar a la misma presencia de nuestro Padre celestial en el
cielo, como en el lugar de donde fuiste creado en sus manos santas en
la antigüedad, para que jamás te vuelvas a separar de él ni de su vida
santísima.
Y, es por eso, que nuestro Padre celestial desea que le oremos siempre
a él, pero sólo por medio del Espíritu de su Jesucristo, para que
podamos ver lo que él ve y podamos oír lo que él oye cada día y cada
noche y sin cesar hasta por fin entrar a la vida santísima de su nuevo
reino celestial. Orando juntos tenemos fuerza, para derribar los males
del maligno; somos fuertes delante de nuestro Padre celestial y de sus
enemigos eternos de cada día, pero sólo con el nombre de nuestro Señor
Jesucristo en nuestros ojos, en nuestras mentes, en nuestros corazones
y en nuestras vidas de cada día:
Pues entonces, sin demora, oremos cada día todos nosotros juntos, por
unos momentos, en cualquier hora del día o de la noche delante de
nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, y digámosle a él
siempre así: Padre santo que estás en el cielo. Santificado sea tu
nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra para con los
hombres y para con las mujeres, así como es hecha tu voluntad perfecta
en los cielos por tus santos ángeles fieles a tu nombre muy santo.
Danos el pan de cada día. Y no nos metas en tentación, más líbranos de
cada mal del maligno, Satanás. Porque tuya es la gloria, el poder, la
honra, la victoria, la riqueza, la salud y la bendición eterna, desde
hoy mismo y por los siglos de los siglos. ¡Amén!
Preséntate al SEÑOR, en cada momento de tu vida, en el nombre sagrado
de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, para que jamás las lluvias
de bendiciones de su Espíritu Santo, de salud y de prosperidad falten
en tu vida ni en la vida de los tuyos, tampoco, hoy en día y para
siempre en la eternidad. En nuestras oraciones, reconozcamos que
nuestro Señor Jesucristo es nuestra luz santa, viva y eterna en la
tierra y en el cielo también, delante de nuestro Padre celestial y de
su Espíritu Santo, para que nuestro Dios sea feliz con cada uno de
nosotros en todo momento y en todas las naciones de la tierra.
Reconozcamos fielmente, lo que nuestro Padre celestial siempre ha
deseado que reconozcamos en nuestros corazones y confesemos con
nuestros labios, para satisfacer toda verdad y toda justicia
celestial, para que ya no seamos ciegos, sordos ni mudos delante de
nuestro Dios, sino vivos, muy vivos, para él y para su Hijo amado,
infinitamente. Y esto es de que su Hijo amado es el Señor, para que su
luz alumbre en nuestras vidas mucho más que las tinieblas de Satanás y
de nuestros enemigos de siempre, para vivir en paz eternamente y así
poder servirle a él cada día en nuestras vidas, así como los ángeles
le sirven fielmente en el cielo.
Para que de esta manera, ya no suframos más los males de toda la vida,
sino que seamos eternamente libres de cada maldad, de cada mentira de
la voluntad maligna de Satanás y de sus ángeles caídos hacia nuestras
vidas humanas de cada día en el paraíso y en toda la tierra también. Y
así sólo la voluntad de nuestro Padre celestial, la cual es nuestro
Señor Jesucristo viviendo ya en nuestros corazones y en cada día de
nuestras vidas por toda la tierra también, entonces reine sublime
eternamente y para siempre en nosotros, para que nunca perdamos
ninguna de sus más ricas y gloriosas bendiciones acogidas a la ley
divina en nuestras vidas.
Por ello, con nuestro Padre celestial, en el nombre del Señor
Jesucristo, ya no hay ningún problema o dificultad difícil de resolver
en nuestras vidas de cada día por toda la tierra, sino sólo luz para
ver siempre el bien eterno de todas las cosas que nos rodean día a día
en la tierra. Porque la sangre santísima y expiatoria de nuestro Señor
Jesucristo venció a Satanás y cada una de sus maldades, mentiras,
enfermedades y demás males terribles del más allá, como el mismo ángel
de la muerte y su infierno candente e infinitamente tormentoso, por
ejemplo; por eso, con el Señor Jesucristo hemos vencido a Satanás y
sus males eternos para siempre.
Sí. Así es. Nuestro Señor Jesucristo venció el mundo entero en el que
vivimos y así también con su misma sangre santísima venció el
infierno, el cual nos esperaba con sus tormentos y violencias sin fin,
para torturarnos más y más y hasta finalmente lanzarnos al lago de
fuego eterno, la segunda muerte, la muerte de la muerte en la
eternidad. Es más, con nuestro Padre celestial en nuestros corazones,
por medio de la invocación del nombre glorioso de nuestro Señor
Jesucristo, entonces ya no hay ninguna enfermedad ni ningún problema
sin resolver, en cada día de nuestras vidas en la tierra y así también
en la eternidad venidera que nos domine y nos haga daño, sino todo lo
contrario.
Y esto es, realmente, que nosotros venceremos los problemas,
dificultades y enfermedades y hasta la misma muerte también cada vez
que se nos presenten en nuestras vidas, gracias a nuestro Padre
celestial que está en los cielos y a su Hijo amado que está en
nuestros corazones, por los poderes gloriosos y sobrenaturales de su
Espíritu Santo. De hecho, esto es poder del cielo y de su más allá,
inalcanzable para Satanás y para sus secuaces, el cual el hombre y la
mujer jamás lo podrán obtener por medio de otros dioses, lejanos al
verdadero Dios del cielo y de la tierra, nuestro Padre celestial y su
Hijo amado, ¡el Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera!
Con nuestro Señor Jesucristo ya en tu corazón, como ahora mismo por el
espíritu de fe, entonces pues, muy bien puedes oír y puedes ver, a la
vez, todo lo que nuestro Padre celestial te ha entregado en la misma
vida, sumamente santísima e infinitamente gloriosa, de su Espíritu
Santo. Con Jesucristo ya no eres ciego, como los antiguos, por
ejemplo, porque nuestro Señor Jesucristo no había nacido ni vivido en
sus cuerpos ni en sus vidas humanas, como ha llegado y entrado en
nuestras vidas, por ejemplo, en Israel, gracias al amor eterno de
nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo. ¡Amén!
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo
es contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.
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